lunes, 28 de mayo de 2012
EL RELATO DE LA ABADESA
El 4 de abril del año 782, en el palacio oriental de Aquisgrán se celebró una fiesta extraordinaria
para conmemorar el cuadragésimo cumpleaños del gran monarca Carlomagno. El rey había invitado a
todos los nobles del imperio. El patio central, con su cúpula de mosaico y las escaleras circulares y los
balcones de varios pisos, estaba repleto de palmeras traídas de tierras lejanas y festoneado con guirnaldas
de flores. En los grandes salones, en medio de faroles de oro y plata, sonaban arpas y laúdes. Los
cortesanos, engalanados de púrpura, carmesí y dorado, se movían a través de un país de ensueño formado
por malabaristas, bufones y titiriteros. En los patios había osos salvajes, leones, jirafas y jaulas
con palomas. Reinó un gran júbilo en las semanas que precedieron al cumpleaños del rey.
El apogeo de la fiesta tuvo lugar el mismo día del cumpleaños. Por la mañana, el monarca llegó al
patio principal en compañía de sus dieciocho hijos, la reina y sus cortesanos predilectos. Carlomagno
era sumamente alto y poseía la gracia del jinete y el nadador. Su piel estaba bronceada y su cabellera y
su bigote teñidos de rubio a causa del sol. Parecía en cuerpo y alma el guerrero y gobernante del reino
más grande del mundo. Vestido con una sencilla túnica de lana y una ceñida capa de marta y portando
la omnipresente espada, atravesó el patio saludando a cada uno de sus súbditos e invitándolos a compartir
los profusos refrescos situados en las tablas chirriantes del salón.
El rey había preparado una sorpresa. Maestro de la estrategia bélica, sentía peculiar predilección
por cierto juego. Se trataba del ajedrez, conocido también como juego de guerra o juego de los reyes.
En éste, su cuadragésimo cumpleaños, Carlomagno pretendía enfrentarse con el mejor ajedrecista del
reino, el soldado conocido como Garin el franco.
Garin entró en el patio al son de las trompetas. Los acróbatas saltaron ante él y las jóvenes cubrieron
su camino de frondas de palma y pétalos de rosa. Garin era un joven esbelto y pálido, de expresión
severa y ojos grises, soldado del ejército occidental. Se arrodilló cuando el monarca se puso de pie para
darle la bienvenida.
Ocho criados negros vestidos de librea morisca entraron a hombros el tablero de ajedrez. Estos
hombres, así como el tablero que llevaban en alto, fueron regalo de Ibn-al-Arabi, gobernador musulmán
de Barcelona, para agradecer la ayuda que el monarca le había prestado cuatro años antes contra los
montañeses vascos. Fue durante la retirada de esta famosa batalla, en el desfiladero navarro de
Roncesvalles, cuando encontró la muerte Hruoland, el querido soldado real, héroe de la Chanson de
Roland. Como consecuencia de este doloroso recuerdo, el monarca nunca había utilizado el tablero de
ajedrez ni se lo había mostrado a sus vasallos.
La corte se maravilló ante aquel extraordinario juego de ajedrez mientras lo depositaban sobre una
mesa del patio. Aunque realizado por maestros artesanos árabes, las piezas mostraban indicios de su origen
indio y persa. Algunos opinan que dicho juego existía en la India más de cuatrocientos años antes
del nacimiento de Cristo y que llegó a Arabia, a través de Persia, durante la conquista árabe de este país
en el año 720 de Nuestro Señor.
El tablero, forjado exclusivamente en plata y oro, medía un metro entero por cada lado. Las piezas,
de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas con rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin
tallar pero perfectamente lustrados, y algunos alcanzaban el tamaño de huevos de codorniz. Como destellaban
y resplandecían a la luz de los faroles del patio, parecían brillar con una luz interior que hipnotizaba
a quien los contemplaba.
La pieza llamada sha o rey alcanzaba los quince centímetros de altura y representaba a un hombre
coronado que montaba a lomos de un elefante. La reina; dama o ferz iba en una silla de manos cerrada
y salpicada de piedras preciosas. Los alfiles u obispos eran elefantes con las sillas de montar incrustadas
de raras gemas y los caballos o caballeros estaban representados por corceles árabes salvajes; las
torres o castillos se llamaban rujj, que en árabe significa carro. Eran grandes camellos que sobre los
lomos llevaban sillas semejantes a torres. Los peones eran humildes soldados de infantería de siete cen-
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tímetros de altura, con pequeñas joyas en lugar de ojos y piedras preciosas que salpicaban las empuñaduras
de sus espadas.
Carlomagno y Garin se acercaron al tablero. El monarca alzó la mano y pronunció palabras que
azoraron a los cortesanos que lo conocían bien.
—Propongo una apuesta —dijo con voz extraña. Carlomagno no era hombre propenso a las apuestas.
Los cortesanos se miraron inquietos—. Si el soldado Garin me gana una partida, le concedo ese
territorio de mi reino que va de Aquisgrán a los Pirineos vascos y la mano de mi hija mayor en matrimonio.
Si pierde, será decapitado en este mismo patio al romper el alba.
La corte se estremeció. Era de todos sabido que el monarca amaba tanto a sus hijas que les había
rogado que no contrajeran matrimonio mientras estuviese vivo.
El duque de Borgoña, el mejor amigo del rey, lo cogió del brazo y lo llevó aparte.
—¿Qué tipo de apuesta es ésta? —preguntó en voz baja—. ¡Habéis hecho una apuesta digna de un
bárbaro embriagado!
Carlomagno tomó asiento ante la mesa. Parecía hallarse en trance. El duque quedó anonadado. El
propio Garin estaba perplejo. Miró al duque a los ojos y, sin mediar palabra, posó la mano sobre el tablero,
aceptando la apuesta. Se sortearon las piezas y la suerte quiso que Garin escogiera las blancas, lo que
le proporcionó la ventaja de la primera jugada. Comenzó la partida.
Tal vez se debió a lo tenso de la situación, pero lo cierto es que, a medida que se desarrollaba la
partida, parecía que ambos ajedrecistas movían las piezas con una fuerza y precisión tales que trascendía
al mero juego, como si otra mano, invisible, se cerniera sobre el tablero. Por momentos dio la sensación
de que las piezas se movían por decisión propia. Los jugadores estaban mudos y pálidos y los
cortesanos los rodeaban como fantasmas.
Luego de casi una hora de juego, el duque de Borgoña notó que el monarca se comportaba de una
manera extraña. Tenía el ceño fruncido y estaba distraído y aturdido. Garin también era presa de un desasosiego
poco corriente, sus movimientos eran bruscos y espasmódicos y su frente estaba perlada por
un sudor frío. Los ojos de ambos contrincantes estaban clavados en el tablero como si no pudieran apartar
la mirada.
Súbitamente Carlomagno se incorporó de un salto, lanzó un grito, volcó el tablero y los trebejos
rodaron por el suelo. Los cortesanos retrocedieron para abrir el círculo. El monarca estaba dominado por
una ira sombría y espantosa, se mesaba los cabellos y se golpeaba el pecho como una bestia enardecida.
Garin y el duque de Borgoña corrieron en su auxilio, pero los apartó a puñetazos. Hicieron falta seis
nobles para. sujetar al. rey. Cuando por fin lo sometieron, Carlomagno miró azorado a su alrededor,
como si acabara de despertar de un largo sueño.
—Mi señor, creo que deberíamos abandonar esta partida —propuso Garin con serenidad, alzó una
de las piezas y se la entregó al monarca—. Las piezas están desordenadas y no recuerdo una sola jugada.
Majestad, le temo a este ajedrez moro. Creo que está poseído por una fuerza maligna que os obligó
a apostar mi vida:
Carlomagno, que descansaba en un sillón, se llevó cansinamente la mano a la frente pero no pronunció
palabra.
—Garin, sabes que el rey no cree en ese tipo de supersticiones y que las considera paganas y bárbaras
—intervino el duque de Borgoña con suma cautela—. Ha prohibido la nigromancia y las adivinaciones
en la corte...
Carlomagno lo interrumpió, con voz tan débil que parecía sufrir un agotamiento extremo:
—Si hasta mis propios soldados creen en brujerías, ¿cómo extenderé por toda Europa la fe cristiana?
—Desde tiempos remotos se ha practicado esta magia en Arabia y en todo Oriente —replicó
Garin—. Ni creo en ella ni la comprendo, pero... vos también la sentisteis. —Garin se acercó al emperador
y lo miró a los ojos.
—Me dejé llevar por un ardiente arrebato —admitió Carlomagno—. No pude dominarme. Sentí lo
mismo que en la alborada de una batalla, cuando la soldadesca se lanza al combate. No sé cómo explicarlo.
Katherine Neville
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—Todas las cosas del cielo y de la tierra tienen un fundamento —dijo una voz a espaldas de Garin.
El franco se volvió y vio a un moro negro, uno de los ocho que habían acarreado el juego de ajedrez.
El monarca autorizó al moro a.proseguir su discurso.
—De nuestro watar o lugar de nacimiento procede un pueblo antiguo conocido como badawi, los
"habitantes del desierto". Los badawi consideran un alto honor la apuesta de sangre. Sostienen que sólo
la apuesta de sangre acaba con la habb, la gota negra vertida en el corazón humano y que el arcángel
Gabriel quitó del pecho de Mahoma. Vuestra alteza ha hecho una apuesta de sangre sobre el tablero, se
ha jugado una vida humana, la forma de justicia más elevada que existe. Mahoma dice: "El reino soporta
la kufr, la infidelidad al Islam, pero no tolera la zulm, es decir, la injusticia."
—La apuesta de sangre siempre es una apuesta maligna —respondió Carlomagno.
Garin y el duque de Borgoña miraron sorprendidos al rey, pues hacía tan sólo una hora él mismo
había propuesto una apuesta de sangre.
—¡No! —exclamó el moro—. Sólo mediante una apuesta de sangre se conquista el ghutah, nuestro
oasis terrenal o vuestro paraíso. Cuando se hace una apuesta de sangre sobre el tablero de Shatranj,
en el mismo Shatranj se cumple la sar.
—Mi señor, Shatranj es el nombre que los moros dan al ajedrez —explicó Garin.
—¿Qué significa "sar"? —preguntó Carlomagno, se puso lentamente en pie y descolló por encima
de todos.
—Significa venganza —respondió el moro sin inmutarse.
El árabe hizo una reverencia y se alejó.
—Volveremos a jugar—anunció el monarca—. Esta vez no habrá apuestas. Jugaremos por el placer
de jugar. Esas ridículas supersticiones inventadas por bárbaros y niños no tienen importancia.
Los cortesanos acomodaron el tablero. La estancia se pobló de murmullos de alivio. Carlomagno
se volvió hacia el duque de Borgoña y le cogió del brazo.
—¿Es cierto que hice una apuesta semejante? —preguntó en voz muy baja.
El duque lo miró sorprendido.
—Así es, señor. ¿No lo recordáis?
—No —repuso el monarca con pesar.
Carlomagno y Garin se sentaron a jugar otra partida de ajedrez. Luego de una batalla extraordinaria,
Garin alcanzó la victoria. El rey le concedió la Propiedad de Montglane, en los Bajos Pirineos, y el
título de Garin de Montglane. El emperador estaba tan satisfecho con el magistral dominio que tenía
Garin del ajedrez, que se ofreció a construirle una fortaleza para proteger el territorio que acababa de
ganar. Muchos años después, Carlomagno envió de regalo a Garin el maravilloso ajedrez con el que
habían jugado aquella famosa partida. Desde entonces lo llamaron "el ajedrez de Montglane".
Extracto de "El Ocho" de Katherine Neville
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